Catamarán de cristal
¡ Con cuánta ilusión corría ¡
¡ Con cuánta ilusión trotaba cual potro indómito por las calles aledañas al paseo marítimo ¡
Lo hacía apretando con inusitada fuerza mi mano, convertida en diminuto puño cerrado, que guardaba mi más preciado tesoro, nada más y nada menos que dos pesetas.
¡ Dos pesetas ¡ . Mi paga. Mis rubias preferidas de antaño, de niño, de mi infancia isleña.
Corría por entre calles que por entonces me parecían amplias y de fachadas blancas, pintadas al ralentí de la mañana con cal viva de sol, por mujeres que portaban cubos con lechada blanca, rodillos de lana atados a largas, viejas y curtidas cañas, de las que crecían en el cañaveral junto al río, antes de convertirse en delta y desembocar en la mar, y pañuelos a lo pirata atados sobre sus ralos cabellos. Eran mujeres enormes. Gigantes del Quijote portando lanzas. Pintando fachadas.
Cuando más tarde me reunía con mis amigos en la ensenada les contaba que había visto mujeres piratas asaltando a cuchillo y daga la fonda y bebiendo leche con ron en la tasca mientras cantaban la canción de cien cañones por banda. Qué llevaban la cara pintada con pecas blancas y hablaban con vozarrones de hombre riendo con fuertes carcajadas.
Me vienen ahora todos estos recuerdos cuando desde la proa del Catamarán contemplo el puerto, y mi pueblo blanco, ahora tan distinto, tan urbanizado, tan cambiado, turístico, extraño, pero lo que veo desde el barco no es mi pueblo, mi pueblo está detrás, en la zona vieja, en el casco antiguo. Hoy he venido a ver la tienda. La tienda del barco de madera encerrado en la botella de cristal. La tienda de María.
Me gusta bajar a la bodega de este barco, donde no hay botellas de vino de cristal verde que oculten el color del vino tinto, sino que es de cristal, una bodega de cristal a bordo del catamarán que me conduce a mis días de infancia en la isla, y desde aquí contemplo el fondo del mar, las transparencias del cristal, parece que fuese el hijo de un Dios menor andando sobre las aguas, y pudiese meter mis manos y atrapar ese pez que nada debajo, para después multiplicarlo, multiplicar los peces y los panes para dar de comer a los hambrientos.
Corría con mis pantalones cortos, apretando fuerte en mi mano mis dos monedas, camino de la tienda de las pipas y los helados y siempre que me acercaba a la bocacalle de aquel callejón, me detenía, me juraba a mí mismo que era porque ya iba sin resuello y necesitaba descansar de mi loca galopada, sin embargo, un escalofrío recorría mi cuerpo cuando la atravesaba, miraba a todos los lados, y un aíre helado bajaba por el callejón, el callejón de los infiernos, si hubiese tenido vello me hubiese puesto los pelos de punta, y al oír el ladrido del perro, de nuevo emprendía mi trote dejando aquel callejón en el olvido. Ya veía mi tienda de pipas, mi helado deshaciéndose en mi boca, a lo lejos, cuando me llamó la atención el nuevo decorado del local de ultramarinos.
¡¡ Wow ¡¡ ¡¡ wow ¡¡ ¡¡ wow ¡¡ Era era era , no sabría describirlo con palabras, era lo más hermoso que había visto en toda mi corta vida de niño. Pegué las palmas de mis manos a la luna del cristal, y mi nariz y mi frente, aquel tonto escaparate no me dejaba verlo bien. El vaho del aliento de mi boca jadeante se congelaba sobre el vidrio y crecía y decrecía a golpe de respiración, a golpe de latido de mi corazón fogoso y exacerbado. No sé cuanto tiempo pasé pegado allí, contemplado esa hermosura de barco y preguntándome cómo lo habrían podido meter dentro de aquella botella y me olvidé de las pipas y del helado y de mis dos pesetas, las cuales cayeron al suelo, al retirar las palmas de mi mano del cristal. Raudo, me agaché a recogerlas, y con ellas de nuevo entre mis manos pequeñas, traspasé el umbral, el dintel de la puerta, muy excitado, de la tienda de ultramarinos.
¡¡ Eh ¡¡ . ¿Dónde estaba Don José?. Aquella mujer no era D. José. Me puse nervioso al verla, no sé bien el motivo, no se parecía en nada a las mujeres piratas de caras blancas, era bonita, bonita de sol, tostada, vestía elegante, cabellos claros al viento sin pañuelo pirata manchado de pintas, y sonreía, se reía cariñosamente de mi aspecto infantil, jadeante y anheloso. No llevaba lanza en las manos, ni cañas con rodillos, ni olía a ron, ni a cal, sino a vainilla, olía a helado de vainilla, el sabor de mi helado de cucurucho preferido.
Me acerqué a ella y la miré a los ojos, pero sin vérselos, era tan alta que no alcanzaba ver su color. Me quedé mudo, sin habla, cosa extraña en mí a esa edad, siempre tan parlanchín y contador de historias fantásticas de piratas a mis amigos junto a la ensenada. Sólo supe mostrarle mis dos pesetas sobre mi mano grasienta y señalar la botella.
- ¿Te ha comido la lengua el gato? Me preguntó sonriente y amistosa -
De aquel encuentro nació una bonita amistad, y eso fue más importante que la pequeña desilusión que me llevé cuando ella me dijo que aquel barco estaba muy lejos de mi exiguo e irrisorio presupuesto.
Amistad que todavía conservo en el recuerdo, y es el motivo que me trae a visitar este pueblo blanco de cal. La bodega del catamarán, de este barco que me acerca a mi isla evocativa de un pasado pleno de instantes felices, a punto de atracar en puerto, me recuerda a aquella botella por el cristal. Soñando olas, soñando marejadas, soñando las largas tardes en la tienda de María, mientras me dejaba jugar con el barco de madera encerrado en aquella botella en tanto que yo le contaba cuentos de mujeres piratas.
Ella me prometió guardarme aquel tesoro, no venderlo, y durante años estuvo en el escaparate con un letrerito que decía :
- Reservado.
Pero mis necesidades de pipas, caramelos y helados, cucuruchos de vainilla, también tenían que ser cubiertas de algún modo y mis ahorros era tan escasos que jamás pude reunir el dinero que costaba aquel tesoro antes de mi partida de la isla, y hoy, años después, tan sólo regreso a buscar mi recuerdo de cristal reservado. Sé que ella ha esperado por mí. Sé que estará tan guapa como entonces y tan joven, pero ya no será tan alta. Sé que seguirá siendo mi amiga y podré contarle cuentos de mujeres piratas. Y podré mirarle a los ojos desde cerca, y no desde la lejanía de la infancia.
María me recibió con un abrazo. Estaba aun más guapa de lo que la recordaba. Dijo que yo había cambiado mucho, que había crecido, pero que en cierto modo seguía siendo el mismo niño que venía a jugar casi todas las tardes y a contarle cuentos de mujeres piratas.
Mi barco seguía allí, con el papelito de reservado a su lado. Y yo seguiré sin saber como diablos lo han podido introducir por aquella estrecha boca y aquel estrecho cuello de la botella y es que quiero que siga siendo así, un misterio, un delicioso misterio, igual que ella, María, otro misterio aun mucho mayor.
Lo sabía- Me dijo- Sabía que algún día regresarías a buscar tu barco.
Lo rescató del escaparate con sumo cuidado y me lo dio. Era muy pequeño. Mis recuerdos me lo pintaban enorme, casi tan grande como el catamarán en el que llegué a la isla. Pero hermoso. Y tan frágil como un osito de peluche, como un Tedy de cristal.
De vuelta sobre la bodega del catamarán que me aleja de la isla, apenas puedo retener las lágrimas al reverberar sobre mi mente las palabras de María :
- El barco es tuyo, no me debes nada, ya me lo pagaste con todas tus historias de mujeres piratas, mi pequeño amigo.
Y al contemplar como mi pueblo blanco va desapareciendo en la lejanía, en el recuerdo, en la infancia, todo se hace cristal, la bodega del catamarán, la botella con su barco dentro, mis lágrimas, el mar, y hasta María, mi misteriosa tendera se transmuta en cristal sobre el que se refleja la luz de la luna y las olas del mar.
¡ Con cuánta ilusión trotaba cual potro indómito por las calles aledañas al paseo marítimo ¡
Lo hacía apretando con inusitada fuerza mi mano, convertida en diminuto puño cerrado, que guardaba mi más preciado tesoro, nada más y nada menos que dos pesetas.
¡ Dos pesetas ¡ . Mi paga. Mis rubias preferidas de antaño, de niño, de mi infancia isleña.
Corría por entre calles que por entonces me parecían amplias y de fachadas blancas, pintadas al ralentí de la mañana con cal viva de sol, por mujeres que portaban cubos con lechada blanca, rodillos de lana atados a largas, viejas y curtidas cañas, de las que crecían en el cañaveral junto al río, antes de convertirse en delta y desembocar en la mar, y pañuelos a lo pirata atados sobre sus ralos cabellos. Eran mujeres enormes. Gigantes del Quijote portando lanzas. Pintando fachadas.
Cuando más tarde me reunía con mis amigos en la ensenada les contaba que había visto mujeres piratas asaltando a cuchillo y daga la fonda y bebiendo leche con ron en la tasca mientras cantaban la canción de cien cañones por banda. Qué llevaban la cara pintada con pecas blancas y hablaban con vozarrones de hombre riendo con fuertes carcajadas.
Me vienen ahora todos estos recuerdos cuando desde la proa del Catamarán contemplo el puerto, y mi pueblo blanco, ahora tan distinto, tan urbanizado, tan cambiado, turístico, extraño, pero lo que veo desde el barco no es mi pueblo, mi pueblo está detrás, en la zona vieja, en el casco antiguo. Hoy he venido a ver la tienda. La tienda del barco de madera encerrado en la botella de cristal. La tienda de María.
Me gusta bajar a la bodega de este barco, donde no hay botellas de vino de cristal verde que oculten el color del vino tinto, sino que es de cristal, una bodega de cristal a bordo del catamarán que me conduce a mis días de infancia en la isla, y desde aquí contemplo el fondo del mar, las transparencias del cristal, parece que fuese el hijo de un Dios menor andando sobre las aguas, y pudiese meter mis manos y atrapar ese pez que nada debajo, para después multiplicarlo, multiplicar los peces y los panes para dar de comer a los hambrientos.
Corría con mis pantalones cortos, apretando fuerte en mi mano mis dos monedas, camino de la tienda de las pipas y los helados y siempre que me acercaba a la bocacalle de aquel callejón, me detenía, me juraba a mí mismo que era porque ya iba sin resuello y necesitaba descansar de mi loca galopada, sin embargo, un escalofrío recorría mi cuerpo cuando la atravesaba, miraba a todos los lados, y un aíre helado bajaba por el callejón, el callejón de los infiernos, si hubiese tenido vello me hubiese puesto los pelos de punta, y al oír el ladrido del perro, de nuevo emprendía mi trote dejando aquel callejón en el olvido. Ya veía mi tienda de pipas, mi helado deshaciéndose en mi boca, a lo lejos, cuando me llamó la atención el nuevo decorado del local de ultramarinos.
¡¡ Wow ¡¡ ¡¡ wow ¡¡ ¡¡ wow ¡¡ Era era era , no sabría describirlo con palabras, era lo más hermoso que había visto en toda mi corta vida de niño. Pegué las palmas de mis manos a la luna del cristal, y mi nariz y mi frente, aquel tonto escaparate no me dejaba verlo bien. El vaho del aliento de mi boca jadeante se congelaba sobre el vidrio y crecía y decrecía a golpe de respiración, a golpe de latido de mi corazón fogoso y exacerbado. No sé cuanto tiempo pasé pegado allí, contemplado esa hermosura de barco y preguntándome cómo lo habrían podido meter dentro de aquella botella y me olvidé de las pipas y del helado y de mis dos pesetas, las cuales cayeron al suelo, al retirar las palmas de mi mano del cristal. Raudo, me agaché a recogerlas, y con ellas de nuevo entre mis manos pequeñas, traspasé el umbral, el dintel de la puerta, muy excitado, de la tienda de ultramarinos.
¡¡ Eh ¡¡ . ¿Dónde estaba Don José?. Aquella mujer no era D. José. Me puse nervioso al verla, no sé bien el motivo, no se parecía en nada a las mujeres piratas de caras blancas, era bonita, bonita de sol, tostada, vestía elegante, cabellos claros al viento sin pañuelo pirata manchado de pintas, y sonreía, se reía cariñosamente de mi aspecto infantil, jadeante y anheloso. No llevaba lanza en las manos, ni cañas con rodillos, ni olía a ron, ni a cal, sino a vainilla, olía a helado de vainilla, el sabor de mi helado de cucurucho preferido.
Me acerqué a ella y la miré a los ojos, pero sin vérselos, era tan alta que no alcanzaba ver su color. Me quedé mudo, sin habla, cosa extraña en mí a esa edad, siempre tan parlanchín y contador de historias fantásticas de piratas a mis amigos junto a la ensenada. Sólo supe mostrarle mis dos pesetas sobre mi mano grasienta y señalar la botella.
- ¿Te ha comido la lengua el gato? Me preguntó sonriente y amistosa -
De aquel encuentro nació una bonita amistad, y eso fue más importante que la pequeña desilusión que me llevé cuando ella me dijo que aquel barco estaba muy lejos de mi exiguo e irrisorio presupuesto.
Amistad que todavía conservo en el recuerdo, y es el motivo que me trae a visitar este pueblo blanco de cal. La bodega del catamarán, de este barco que me acerca a mi isla evocativa de un pasado pleno de instantes felices, a punto de atracar en puerto, me recuerda a aquella botella por el cristal. Soñando olas, soñando marejadas, soñando las largas tardes en la tienda de María, mientras me dejaba jugar con el barco de madera encerrado en aquella botella en tanto que yo le contaba cuentos de mujeres piratas.
Ella me prometió guardarme aquel tesoro, no venderlo, y durante años estuvo en el escaparate con un letrerito que decía :
- Reservado.
Pero mis necesidades de pipas, caramelos y helados, cucuruchos de vainilla, también tenían que ser cubiertas de algún modo y mis ahorros era tan escasos que jamás pude reunir el dinero que costaba aquel tesoro antes de mi partida de la isla, y hoy, años después, tan sólo regreso a buscar mi recuerdo de cristal reservado. Sé que ella ha esperado por mí. Sé que estará tan guapa como entonces y tan joven, pero ya no será tan alta. Sé que seguirá siendo mi amiga y podré contarle cuentos de mujeres piratas. Y podré mirarle a los ojos desde cerca, y no desde la lejanía de la infancia.
María me recibió con un abrazo. Estaba aun más guapa de lo que la recordaba. Dijo que yo había cambiado mucho, que había crecido, pero que en cierto modo seguía siendo el mismo niño que venía a jugar casi todas las tardes y a contarle cuentos de mujeres piratas.
Mi barco seguía allí, con el papelito de reservado a su lado. Y yo seguiré sin saber como diablos lo han podido introducir por aquella estrecha boca y aquel estrecho cuello de la botella y es que quiero que siga siendo así, un misterio, un delicioso misterio, igual que ella, María, otro misterio aun mucho mayor.
Lo sabía- Me dijo- Sabía que algún día regresarías a buscar tu barco.
Lo rescató del escaparate con sumo cuidado y me lo dio. Era muy pequeño. Mis recuerdos me lo pintaban enorme, casi tan grande como el catamarán en el que llegué a la isla. Pero hermoso. Y tan frágil como un osito de peluche, como un Tedy de cristal.
De vuelta sobre la bodega del catamarán que me aleja de la isla, apenas puedo retener las lágrimas al reverberar sobre mi mente las palabras de María :
- El barco es tuyo, no me debes nada, ya me lo pagaste con todas tus historias de mujeres piratas, mi pequeño amigo.
Y al contemplar como mi pueblo blanco va desapareciendo en la lejanía, en el recuerdo, en la infancia, todo se hace cristal, la bodega del catamarán, la botella con su barco dentro, mis lágrimas, el mar, y hasta María, mi misteriosa tendera se transmuta en cristal sobre el que se refleja la luz de la luna y las olas del mar.
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